sábado, 13 de mayo de 2017

¿Cuándo se termina un blog?


Un blog se termina cuando se terminan las ideas, las ganas de escribir, las cosas qué decir. Que tenga o no seguidores es lo de menos.



jueves, 27 de abril de 2017

Me estoy aputosando


En mi otra vida sigo una gran cantidad de blogs de gente que no me gusta. ¿Por qué los sigo? Supongo que es porque me gusta lo que dicen y porque escriben con continuidad.
Lo que no me gusta de esa gente es su soberbia. Tan soberbios que más de una vez llegué a pensar que lo estaban haciendo a propósito.
Uno de esos blogueros a los que me refiero acaba de anunciar que deja de escribir. Su última entrada fue igual de soberbia que las otras, o hasta más. Hablaba en ella de dejar a lectores huérfanos (de su saber, agrego yo), daba a entender la importancia del aporte que les había hecho durante los años en que publicó, y se quejaba de no haber recibido el feedback que su esfuerzo hubiese merecido, etc., etc., etc. Se despidió como se hubiese despedido Cervantes o Shakespeare si ellos también hubiesen sido soberbios. Tanto me fastidié al leerlo que abrí el Word y escribí veinte renglones de respetuosas descalificaciones. Después de leer y releer lo que había escrito decidí dejar solamente la parte que decía que el mundo no sería igual sin su blog. Yo esperé que me puteara o bien me ignorara, pero no, el hombre se tomó en serio lo que le había comentado y respondió con fingida sorpresa. Creyó que podía haber alguien que pensara que su blog era así de importante. Sinceramente me entristecí al leerlo. Su soberbia, lejos de molestarme como las otras veces me dio mucha pena y me arrepentí de haber sido tan irónico. Está claro que me estoy aputosando


domingo, 20 de noviembre de 2016

sobre opinar irresponsablemente


Las personas no son conscientes de la responsabilidad que supone opinar sobre ciertas cosas. Si lo fueran no permitirían que ninguna opinión traspusiera sus labios. Sólo escucharían y jamás osarían romper el voto de prudencia que toda persona de bien debería hacer. Una opinión puede cambiar la vida de alguien. Los buenos psicólogos saben de esos peligros y por eso jamás opinan.
Dios debería tener un listado de todas nuestras opiniones fallidas a la hora de juzgarnos.
Ante las mismas circunstancias, una misma persona actúa de una forma o de otra de acuerdo al entorno que le haya tocado en suerte. Si se está rodeado de imbéciles y se es tan imbécil como para escucharlos se está condenado al desastre. Aún las opiniones mejor intencionadas pueden arruinarte la vida. Pero lo más injusto de todo es que el imbécil que aconsejó sigue su vida lo más campante mientras que el imbécil que recibió el consejo colisiona contra el mismo iceberg que el Titanic.


martes, 15 de noviembre de 2016

si hay miseria...


Fernando no tiene paz. Basta con decir que en una época tuvo un affaire con una vecina del edificio pegado al suyo. Era una mujer de apariencia normal salvo que parecía ser muy tímida con los hombres. Digo parecía, porque luego nos enteramos que Fernando no fue el único vecino que la había visto sin ropa. Esta señora vivía con sus tres hijos, el menor fruto de su último matrimonio y las dos mayores del primero. Por alguna razón que desconocemos, no procreó en el segundo matrimonio ni en el tercero, aunque eso nada agrega.
Durante pesquisas realizadas por Fernando en sus ratos libres pudo comprobar que “el padre de la criatura” la seguía visitando y seguramente manteniendo a juzgar por los cuidados que Alejandra tenía para que su ex no se enterara de sus nuevas “amistades”.
Se podría decir que ellos se conocieron una tarde en que mi amigo estaba regando las plantas y ella ejercitando su trasero en el balcón. Fernando se presentó de una manera formal y caballeresca y ella se fue para adentro sin contestar. Como primer encuentro no fue muy prometedor pero cualquier pirata urbano tiene dos lemas: “no te des por vencido, ni aún vencido” y “¿qué le hace una mancha más al tigre?”.

El tiempo transcurrió sin que volvieran a verse hasta que casualmente una mañana coincidieron en el metro. Fue ella la que inesperadamente se le acercó para disculparse por aquella salida intempestiva. Parece que estaba con el ex y no quería darle motivos de sospecha. “A confesión de parte, relevo de pruebas” dicen los abogados. Continuaron la conversación en un café de Corrientes y Paraguay dónde ella le habló de ciertas intimidades que poco venían al caso. La noche posterior a ese encuentro compartieron una ensalada sobre la cama de un hotelucho de mala muerte pero bebieron champagne, porque “si hay miseria, que no se note”.


jueves, 10 de noviembre de 2016

enseñanzas inútiles


Es increíble que a esta altura de la civilización y las comunicaciones no hayamos aprendido que no se puede cambiar a las personas después de cierta edad. Se escuchan a padres despotricar contra hijos, a hijos contra padres, a esposos entre sí y ¿cuál es el resultado? Ninguno. Ninguno bueno, el resultado más común es que los que se pelean dejen de verse.
A mi no me gusta pelear. Odio pelear, para ser más claro. Pero como reza el dicho popular “para pelear se necesitan dos”. ¿Quieren pelear? Muy bien chicos, comiencen sin mí.
¡OJO! Una cosa es hablar civilizadamente de gustos y disgustos y otra es tratar de imponer las condiciones a los gritos. Hablando se entiende la gente, no gritando, ni insistiendo.
Los errores no se arreglan a los gritos. Menos los errores propios.
Es muy triste sentir que uno se ha equivocado en la elección de la pareja. Sobre todo quienes concebimos nuestro proyecto de vida junto a alguien, pero nadie está exento de equivocarse. Una, dos, tres veces.
Otra cosa que resulta increíble en esta época es pretender que nuestra pareja se ajuste totalmente a nuestras expectativas. Nadie colmará el cien por cien de nuestros gustos, pero hay personas, jóvenes en general, que creen eso. Y entonces los matrimonios duran menos que un helado. Tampoco se trata de aceptar lo que venga.
El problema es que no existen términos medios. Hay matrimonios que se separan por sutilezas y otros que la única razón que los explican es la tendencia autodestructiva del ser humano.
Los ex esposos se acusan uno al otro. Si se hubiesen dado cuenta que el que comparte la cama es otro ser humano con necesidades distintas, muy probablemente seguirían casados.
¿Cómo puede ser que nos enseñen tantas cosas inútiles y no nos digan nada de cómo funcionamos?

sábado, 5 de noviembre de 2016

nunca se sabe


Una consecuencia natural del paso del tiempo es que uno se va convirtiendo en el más viejo de todos los ámbitos en que desarrolla su vida. El más viejo en la oficina, el más viejo en el edificio, el más viejo del equipo de fútbol. Alguna vez seré el más viejos del geriátrico, pero para eso falta, espero.

De repente advertimos que toda la gente que nos rodea nos va a sobrevivir. Lo curioso es que no es una mala sensación, al contrario. Recuerdo que en ocasiones veía a mis padres con un dejo de tristeza, justamente porque sabía que morirían antes que yo. Hoy veo a todos con alegría. No voy a ser yo el que llore en sus velatorios sino al revés.
Debe ser terrible ser un padre viejo y sentir que los hijos nos seguirán necesitando cuando ya no estemos, pero por suerte ese no es mi caso. ¡Un tiro para el lado de los justos!
Lo único que lamento verdaderamente es que muy probablemente mi perro viva menos que yo. Aunque nunca se sabe.


domingo, 30 de octubre de 2016

el egoísmo según Ayleen


Para Ayleen es más devastador romper sus zapatos rojos que un tsunami arrase las islas Fiji, y no exagero ni un poco. Pero no voy a demonizarla, el egoísmo es una parte intrínseca del género humano. Tan normal como tener brazos, piernas y pulmones. Además, ¿dónde quedan esas benditas islas?
“Egoísta es aquel que piensa en sí mismo en vez de pensar en mí” dicen que dice Ayleen.
El egoísta está condenado a una existencia acotada, Alex. A un mundo pequeño en el que sólo entran él y sus benefactores. Pero el problema no es ese, el verdadero problema es que la única forma de felicidad que concibe un egoísta es a través de su propia satisfacción.
Estaba de acuerdo con la visión de Fernando, que se envalentonaba con sus propias definiciones, tan de acuerdo que no emití palabra. 
Espero que llegue el momento en que Ayleen pueda sentir la felicidad de dar felicidad. Con esa frase, hermosa y altruista, Fernando terminó su exposición del mediodía. Pedimos la cuenta y cada uno volvió a su trabajo.